Este año, la dramática árabe, especialmente la egipcia, estuvo marcada por un fenómeno notable: los actores de segundo y tercer plano brillaron con más intensidad que muchas estrellas de primer plano. Actores como Hatem Salah, Mustafa Griba y Sadqi Sakr no solo sorprendieron a la crítica y al público, sino que también demostraron que un tiempo de pantalla limitado no es un obstáculo para crear personajes memorables. Su éxito contrasta con el conservadurismo de algunos veteranos, que, según el autor, están atrapados en 'zonas seguras', repitiendo fórmulas pasadas. Este cambio de enfoque marca una nueva era en el cine árabe donde el talento y la habilidad superan al estatus.